Por Alba Piotto, socia nro 10457979

Esta es la historia que no fue. Como muchos, miré la semifinal de la Champions entre Barcelona-Liverpool. Un partido tensionado. Sin respiros. Con el Barsa defendiendo con uñas y dientes, ante un Liverpool que le había cortado los circuitos de juego. Faltaba no perdonar cuando se cometiera un error defensivo –de uno u otro lado- y dejarle un tiro libre para que Messi la cuelgue en un ángulo. Y ocurrieron ambas cosas: dos errores defensivos del Liverpool y la bestia de Suárez, primero, y Messi después no perdonaron. 2-0. Pero faltaba lo mejor. Con “mute” en la transmisión y musicalización de fondo: “Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”. Llegó el foul a pedido de Lionel.  Uno, dos, tres pasos y pegada, dirección, rotación, trayectoria, velocidad, y una lista larga de etcéteras, ejecutados en “modo Messi”. Gol. Al ángulo. Imaginé un pub de Liverpool con la cerveza congelada. Imaginé a Sir Paul mirando el partido (es hincha del rival local del Liverpool). Era el gol 600 de Messi en el Barcelona, 44 de tiro libre. 44 golazos parecidos, en distintos ángulos, a diversas partes del arco. Y para ser número redondo, tenía que ser así, inolvidable, por el momento, por el rival, por la tensión que no le pesó ni un poco. Frialdad de cirujano. Salvo algunos goles de River que me hicieron llorar de felicidad, no recuerdo haber lagrimeado por alguno de otro club. Ayer pasó. Acaso por la épica que tuvo en el desarrollo del partido. O porque impossible is nothing para Lío, Leo, Pulga o Messi.

El impacto visual de esa rotación precisa, exacta, hermosa, de la pelota por fuera de la barrera fue instantáneo:. “¡Qué animal!”, grité, creo. Y mi viejo, que disfrutó de la Máquina y de su ídolo, Walter Gómez -para él superior a Pelé, Maradona y Messi, juntos o por separados- se emocionó también. “Dios te bendiga, Messi”, dijo entrecortado.

En otros partidos, en los que juega alguno de los nuestros, de los que salieron del glorioso semillero riverplatense o que pasaron de una manera querible por el club, y tienen un buen partido, son figura o hacen algún gol importante, nuestros comentarios suelen ser: “¿Y de dónde salió? ¡De River!”. Lo decimos con orgullo. Con alegría de hincha, de pertenencia, de pecho inflado. (Aclaración: también dijimos ayer que ese tiro libro perfecto  había sido “ a lo Juanfer”…porque los hinchas somos así, autorreferenciales).

Terminado el partido, nos miramos la familia y dijimos una vez más: “Messi tendría que haber jugado en River…¡Qué pena, la pucha que lo tiró!”. (No dijimos “la pucha que lo tiró”, exactamente). Y nos imaginamos –una vez más- a Lionel con el manto sagrado haciendo desbarajustes en el Monumental y lo que lo hubiésemos disfrutado con la 10 de River definiendo con goles importantes frente a Boca. Y cómo se nos hubiera inflado el orgullo gallina, más todavía, agradecidos por ese fútbol exquisito, por el don de hacerlo todo bien; por ese fútbol que los pibes de River aprenden desde el comienzo. Porque, como tituló un diario inglés hoy este pibe que no pudo jugar en River por esas decisiones que se toman y cambian toda una vida y toda una historia, es “From other planet”, “Genius”.

Esta es la historia que no fue. La de ver a Lío, Leo, Pulga o Messi, con la banda roja que nos cruza el alma. La pucha que lo tiró.

Edición Nº 479