Por Alba Piotto

No, no fuimos Sísifo. Esta vez, escalamos la montaña, hicimos cumbre y dejamos la piedra que cada uno tenía metida en el corazón. Pasaron 40 días desde la semifinal en Brasil, contra Gremio, hasta el ya histórico partido en Madrid. En medio, todo lo que podía pasar para aumentar la presión y la tensión, ocurrió.

Andrés Burgo, periodista deportivo, autor y fana de River, escribió la crónica de esta final, la más importante de la historia del club, y la que parecía estar cronometrada por otros tiempos ajenos a los normales. En “La final de nuestras vidas”, editado por Planeta, Burgo alterna la voz del hincha, la propia, que pasaba por todos los estados de ansiedad posibles, con el registro periodístico que reflexiona sobre los puntos ciegos: la zona liberada, los piedrazos al micro de Boca, la suspensión del partido en River, las fake news (que abundaron), la decisión de la Conmebol de llevar la final a Europa, la dirigencia de los dos clubes peleada, el poder político moviendo sus piezas.

“La imagen del Pity corriendo hacia el arco escapándose de Izquierdoz es el final de la final. Si bien, para mí, el gol importante fue el de Juanfer Quintero, el gol del Pity es nuestro ‘gol de Maradona’. No por la belleza sino porque fue el gol del triunfo de todos los tiempos”, define Andrés. “Cuando salía del Bernabéu le dije a unos amigos: ‘Acabamos de ver la final de nuestras vidas’”.

Contás en el libro que no querías jugar este partido.

No quería jugarlo bajo ningún punto de vista. No soportaba la idea del partido. Sólo pensaba en la final. Para mí fueron cuarenta días de locura. El gol de penal a Gremio ni lo grité: estaba en shock. ¿Íbamos a jugar la final de la Copa Libertadores con Boca?  Me había empezado a desesperar cuando un amigo, antes de enfrentar a Independiente, me dijo: “¿Te diste cuenta que si llegamos a la final la revancha es en River?”. ¿Qué significaba eso? ¿Qué ellos podían dar la vuelta en nuestra cancha? Me enceguecí con que ese partido no se podía jugar.

¿Cómo sentarse a escribir con esa carga?

Mi libro solamente salía si River ganaba la Copa. Entonces busqué la parte positiva. Si bien era un jaque mate, también Boca tenía mucho para perder. Por ejemplo, la paternidad de los ’90… ¿Ahora qué me venís a contar que me llevás ocho partidos? Con esta final esa diferencia se igualó. Aunque la historia River- Boca es cíclica. Hubo momentos en que River fue más, y ellos sacaron diferencia en los últimos tiempos.

Hubo enojo en los hinchas por la suspensión y porque se llevara el partido fuera del país. ¿Qué opinás?

Entiendo el enojo del hincha. Pero tampoco me sorprendió todo lo que pasó alrededor del partido: el fútbol también es una bolsa de estiércol. Sin embargo, no hubo algo armado para perjudicar a River. Sí existió una gravísima desinteligencia entre la Policía y Gendarmería, en el lugar donde pasaría el micro de Boca, en medio de una interna entre la Policía de la Ciudad y la Federal. Pensar que todo eso fue una confabulación para perjudicar a River es demasiado. Además, los piedrazos al micro de Boca los tiraron hinchas de River. En todo caso, tanto los jugadores de Boca, y River como organizador, fueron victimas de esa interna policial que quedó al descubierto. Había que jugar esa final y ganarla en cualquier lado. Y hacerla fuera del país, descomprimió bastante.

¿Por qué?

Vino bien porque nos sacó la presión de jugar acá. Todos decían que ganábamos fácil. Es verdad que los jugadores de Boca se sentían inferiores, pero ¿sabés cómo te iban a jugar en el Monumental? Y si encima te hacían un gol, se complicaba. Ante el caos que se había armado, la Conmebol vio el negocio y lo llevó el partido a Madrid. Esta es una entidad que a veces te favorece, a veces te perjudica. River tuvo un montón de situaciones al límite y salió absuelto, como en el tema de los dopings. Sacar el partido del país no fue algo contra River. Los hinchas se sintieron perjudicados porque te mandaron a jugar a España, pero por lo menos terminaste el partido en la cancha. River no podía hacer nada. Lo mismo le pasó a Boca con el episodio del gas pimienta. La Conmebol hace lo que quiere.

¿Qué pasó en la dirigencia a partir de esa decisión?

Fueron días muy encendidos. River y Boca tenían posturas muy persecutorias, porque nadie sabía bien qué estaba pasando y se tiraban manotazos de un lado y del otro. Así como la Conmebol vio una oportunidad de hacer negocios, Boca vio una oportunidad para tomarse revancha de la eliminación por el gas pimienta. Lo que sí me generó dudas es que justo el día anterior a jugarse la final en River, el 24 de noviembre, agarraron a la barra con entradas para la reventa. Eso te da qué pensar. Pero tampoco lo veo armado en contra de River. Hoy, las relaciones entre los clubes están rotas. No sé cómo se van a arreglar.

¿Boca quería jugar el partido?

No. Ni la institución ni lo jugadores. E hicieron todo lo posible para no jugarlo.

¿Qué papel jugó el poder político?

En el libro me pregunto si Macri actuó como futbolero, como hincha de Boca o como presidente de la Nación cuando salió a decir que la final se tenía que jugar con las dos hinchadas. Algo que era imposible. Creo que al principio él quería que se jugara en la cancha de River, pero los dirigentes cuentan que, a los dos días de suspenderse el partido, cuando fueron a Paraguay, en la Conmebol estaba el abogado de Macri. Eso los inquietó: qué hacía ese hombre ahí, qué quería el presidente. Y el gobierno también intentó desviar el foco de la interna policial: dijo que los piedrazos los había tirado los barras cuando no fue así; desmintió que la Gendarmería hubiera recibido ninguna orden para retirarse del lugar, cuando sí la había recibido…

En medio, el plantel de River se llamó a silencio.

Es increíble lo que logró Gallardo: mantenerse en el eje todo el tiempo y transmitirle eso a los jugadores. Porque fueron 40 días donde todos perdimos la línea, incluido D’Onofrio, que suele aparecer como imperturbable, se sacó cuando le dijo a Angelici : “Vení a jugar, no somos tan buenos…”. Los jugadores de Boca estuvieron incendiarios. Los de River nunca perdieron la línea. Hubo una gran diferencia entre los dos planteles. Y es la diferencia entre un club donde se sabe que quien dirige el plantel es Gallardo y otro, que, en ese momento al menos, no se sabía quién traía a los jugadores, si el técnico o Angelici.

¿Qué cambió esta final para los próximos clásicos?

Todavía no se sabe. Porque se llegó a lo más alto…Siempre van a importar los River-Boca, pero los que vengan van a quedar muy diluidos, salvo alguna definición mano a mano. Y dentro de un tiempo volverán a jugar otra final… Lo que está muy duro y complicado es el tema dirigencial.

En el libro hacés una reseña de la rivalidad entre los dos clubes, con datos curiosos o que no se conocen tanto.

Sí. Empieza en la década del 1910, cuando no habían jugado oficialmente y ya había mala onda en el barrio de La Boca. Más cerca o más lejos, con algunos gestos de confraternidad, la rivalidad siempre existió. Cuando Boca se estuvo por ir al descenso, en 1949, River le ofreció jugadores para que no se fuera y Boca se enojó porque eran jugadores malos. Dos años antes, en 1947, los jugadores de River festejaron el título en una cantina invitados por los de Boca, con hinchas de los dos clubes. Y en 1984, Boca tenía la cancha clausurada y River lo invita a ser local en el Monumental, en un clásico, sin cobrarle nada. Pero después empezaron a meterse los barras y la relación termina de explotar con el episodio del gas pimienta. Como dije antes, ahí la relación entre los clubes se quebró y se terminó de romper con la final de la Copa.

Definí a Marcelo Gallardo

Gallardo es el Labruna en colores. Es lo mejor que le pasó a River en mucho tiempo, en sociedad con una dirigencia que está haciendo bien las cosas. Diría que es el mejor técnico de los últimos 50 años de la historia de River. No quiero decir de la historia total porque La Máquina fue el equipo más emblemático del club y que tuvo influencia en el fútbol a nivel mundial. Sería injusto para Gallardo compararlo con eso. En 2018, vimos la mejor versión de él como DT. Había empezado muy arriba en 2014/2015 y después tuvo algunas equivocaciones puntuales en 2016/2017. Pero el año pasado, a partir del triunfo en Mendoza por la Supercopa contra Boca, fue estupendo.

¿Cómo viviste la final?

Yo la paso mal en los clásicos. No los disfruto. Esos partidos no se disfrutan. En la cancha de Boca tenía que escribir la crónica del partido para el diario El País, de España. Y lo cierto es que temblaba, estaba aterrado. El día que teníamos que jugar en el Monumental, no pude entrar a la cancha porque en el caos afuera del estadio, perdí mi entrada o me la robaron, no sé… Y en Madrid, antes del alargue me fui a caminar porque no soportaba más la tensión.  Ahora vuelvo a mirar la primera final en Boca y me pongo nervioso. Tengo miedo de perder… Es inevitable. Y en el Bernabéu, después del gol de Juanfer tengo cosas en blanco. No vi la pelota en el palo de Jara, y yo estaba detrás de ese arco. ¿Y si entraba esa? El fútbol es maravilloso porque tiene esas cosas. A veces te favorece el azar. Y River lo tuvo. Pero también, tenés que tener un plus para reponerte y ganar un partido cuando el árbitro te perjudica, como ocurrió en Madrid, con un penal no cobrado a favor nuestro.

Y el gol del Pity es el telón final…  

Fueron cinco golazos. El menos importante, para mí, fue el del Pity Martínez, aunque es el que queda como imagen final. No tengo tatuajes, pero me voy a hacer uno con el nombre de Juanfer Quintero porque su gol –un golazo- fue el que nos dio esta Copa, el que definió el partido. Ganar esa final fue algo hermoso. Y seguirá siéndolo. No te lo olvidás más.

Sobre el autor. Andrés Burgo nació hace 44 años en Buenos. Periodista especializado en deportes, es autor de Ser de River en las buenas y en las malas y de El partido, Argentina-Inglaterra 1986 (Tusquets, 2016). Publicó otros dos libros en coautoría: Diego dijo, con Marcelo Gantman, y El último Maradona, con Alejandro Wall. Trabaja en TyC Sports, colabora en El País, forma parte de Era por abajo en Radio Ciudad y escribe en La Gaceta de Tucumán.

 

 

Edición Nº 412