¿Qué hincha del equipo que fuera no sueña con besar la copa que acaba de ganar su equipo? No importa que sea la copa de leche o la Libertadores. Ahí lo único que cuenta es la pasión. Es la imagen que vimos una y otra vez de nuestros jugadores y que soñamos con repetir. Y lo hacemos: en nuestra fantasía jugamos a que nosotros también estamos en medio de la cancha, abrazados al trofeo, besándolo para la foto, levantándolo bien alto, lo más alto que nos den los brazos.

Y cuando eso se vuelve realidad, te querés llevar esa copa a tu casa, o la abrazás y la besas como si fuera el objeto amoroso con el que soñaste toda tu vida (hola Freud!).

Me pasó.

Cuando en la última asamblea de Representantes de Socios “la etern4” presidió el debate y se anunció que terminada la reunión quienes quisiéramos podíamos sacarnos fotos con ella, creo que lo único que quise fue que pasara todo rápido para poder besarla.

Fuimos varios en la noche calurosa de febrero, en el auditorio del club, que hicimos un breve fila para tener nuestra foto. Me emocionó ver a los más veteranos (por cantidad de años e historia en el club) sonreír y marcar con tres dedos los tres goles de la final. Claro, siempre esa Copa va a estar ligada al recuerdo más grande de nuestro club. ¡Se la ganamos a nuestro eterno rival, che! ¡A Boquita! Cómo no dedicarle esa sonrisa de oreja a oreja después de años y décadas bancándote lo de gallina (y a mucha honra, agrego); la paternidad que ya está en discusión, que ya no saben qué decir para revivir y te recuerdan que te fuiste a la B, y  todas las veces que nos volvimos a casa puteando al cielo porque el equipo había jugado bien o muy bien en el clásico y perdíamos… Pero el fútbol, como la vida, siempre da una revancha, porque nada es para siempre. Y las rachas y la nube negra están para ser vencidas y disipadas. Creo que todo comenzó aquella noche del Ramirazo, del No Fue Córner, cuando cortamos una seguidilla de 10 años sin ganar en la Bombonera. ¿Te acordás de ese día? Cómo olvidarlo. El equipo de Ramón, el Pelado Díaz, ese 7 al que se le inflaba la camiseta cuando picaba y vos sabías que iba a ser gol. Y era gol.

Esperando mi turno para la foto, pensé desordenadamente. En los 40 días de ansiedad desde el penal del Pity al Gremio, en Porto Alegre, hasta su corrida épica en Madrid (y va el tercero, va el tercero, y gol de River, gol de River…). Dar vuelta una semifinal en los últimos 10 minutos. ¿Cuándo había sucedido algo así? Enseguida vinieron las imágenes de la primera final en la Boca… de la final que no fue en casa… Y la final que fue en el Bernabeu (y que escuché conectada a mi iPhone junto a la cama de mi vieja internada).

Mi cabeza estaba randomizada. Pensé en mi primo Dani y el primer festejo de nuestras vidas –éramos niños- en 1975.  El murió pronto y donde esté, debe estar festejando todavía el gol – ¡golazo!- de JuanFer Quintero, el 2-1. Y empezaba la historia más hermosa de nuestras vidas.

Llegó el momento de mi foto con la Copa. ¿Qué hago? ¿La levanto? ¿La abrazo? ¿La beso? ¿Sonrío? Busqué rápidamente los escudos de River –cuatro, tendremos el doble, acuérdense- y la besé como la besó el inmEnzo en el 96, como la besó el Beto Alonso, como la besó Napoleón Gallardo –el emperador de Nuñez y aledaños-, como la besó nuestro león, Leo Ponzio; como la besó el hincha que hay en Enzo Pérez; como la besaron los pibes que salieron de la cantera de River y sabían mejor que nadie lo que significaba esa Copa para el club… Cientos, miles de besos. Millones de besos en esa Copa. Cerré los ojos. Y me besé con todo el gallinero.

 

Alba Piotto

Edición Nº 509