Por Alba Piotto

El Monumental fue una fiesta. Qué lindo es decirlo, vivirlo, recordarlo. River tenía que levantar un 0-3 para pasar de ronda en la Copa de la Superliga argentina (que probablemente gane un equipo descendido, Tigre). Un 0-3 contra Atlético de Tucumán, que tiene oficio y que, en la ida, en su cancha, ganó con sus mejores herramientas. Y si bien el Millo había tenido oportunidades, no aprovechó ninguna. Para colmo, Franco Armani fue sólo un ser humano y dio un rebote que selló el resultado final. Resultado más o menos mentiroso. O demasiado abultado. Los tucumanos embocaron las que tuvieron. Nada que reprochar. Pero… como dijo nuestro faro nada estaba dicho. Faltaba la vuelta en casa.

Y será que Marcelo Gallardo nos inoculó a todos (primero al equipo, obviamente) para que creamos en imposibles, fui a la cancha convencida de que River remontaba el resultado. Pensé-soñé-me ilusioné con un 4-0. Fue 4-1. Erramos el quinto. Cuatro goles, tres pelotas en los palos y un penal, al menos uno, no cobrado por un árbitro que no estuvo a la altura del partido. Hoy, anoche mismo, salvo para pocos, el resultado fue lo de menos. River nos regaló un partido hermoso, bien del paladar negro que Napoleón está recuperando desde hace cinco años, qué sé yo, por momentos pensé, que venga el Liverpool, el Tottenham, esto es la Premier League ¡Y sí! los hinchas somos así, incorregibles.

Con mis grandes amigos “cancheros” César Dergarabedian (con quien compartí toda la campaña en la B sentaditos en la Belgrano) y Lucas Viafora, vimos casi todo el partido con una sonrisa, aplaudimos de pie al Oso Pratto, nos miramos con el gesto de “¿viste lo que hizo?”, gritamos un par de “¡ole!”, Milton Casco devino en uno de nuestros preferidos después de una larga resistencia (como también la tuvo el Pity), en fin, estábamos empachados. Porque River aun en las malas, las malísimas, siempre nos dio un motivo de satisfacción de la que nos agarramos para creer. Y anoche, nos aportó un plus: nos da satisfacción aunque no pasemos de ronda en una Copa. Sí, ya sé… más de uno dirá que eso no existe, que lo importante es el resultado… Pregunto: ¿siempre?

Recuerdo una noche similar, contra Independiente del Valle, en 2016, cuando teníamos que remontar un 0-2, 34 remates al arco, la pelota dio en todos los palos que hubiera cerca del arco, el arquero parecía el Pato Fillol, los ecuatorianos estaban groggy con el 1-0 (Alario) que se dio tarde. Pero una, al fin, había entrado. Anoche entraron 4. Y una distracción nuestra, aportó el gol de ellos. Que no tiró abajo al equipo. Al contrario, seguimos con la cabeza puesta en el objetivo. Aquella noche también fue de fútbol a lo River, y el equipo, se fue aplaudido. Y también el rival que después dejaría a Boca por el camino (je). Nos fuimos contentos aunque no pasamos de ronda. Como anoche.

¿Qué cosas me enseña este River que pueda aplicar en mi vida? Lo pienso en un orden randomizado:

  • No dejar de creer, ni renunciar a los sueños, a las metas, y mucho menos, a la esencia de uno mismo.
  • Se puede llegar al objetivo o no, pero el camino recorrido vale. Se valora.
  • Hay que salir a dar pelea en la adversidad con lo mejor de cada uno, no darse por vencido, hay que seguir intentando siempre.
  • Respeto por el adversario. No subestimar a nadie. Se gana con las mejores herramientas.
  • Accionar en equipo, ser solidario con el otro, el esfuerzo lo hacemos todos.
  • Te caes, te levantas y seguís para adelante. Nada es más fuerte que tu corazón. (River es amor, dijo el Muñeco).
  • Darte el lujo de disfrutar lo que hacés, aun cuando no estés en tu “puesto” más cómodo. Eso también se aprende.
  • A veces, la vas a hacer de lujo. Y otras, te vas a tener que poner el overol.
  • Dos cabezos en el área es gol. En tu área o en la de enfrente.

No sos titular, ni suplente. Ni estrella, ni medio pelo. Sos protagonista de lo que te toque hacer, en el momento en que te dan la pelota. Levantas la cabeza y pensás. Siempre vas a encontrar a un compañero que acompaña

Gracias River.

Edición Nº 412